lunes, 23 de septiembre de 2019

u-boot


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La carrera del comandante Manfred Schmitt ha sido francamente deslumbrante, no ha habido sorpresa al respecto puesto que proviene de una familia de gran tradición marinera desde varias generaciones atrás. Ha obtenido las mejores calificaciones de su promoción en la escuela de oficiales de Rostock y su ascenso a comandante ha sido muy comentado y celebrado en altos despachos de la armada alemana.

Esta mañana se ha despedido de sus padres en Hamburgo y ha tomado un tren rápido hasta Kiev. A las cinco de la mañana ha recibido un sobre cerrado de manos del jefe de la armada en Kiev, además del documento en el que se le asigna el mando de uno de los primeros u-boote tipo VII fabricados en los astilleros de esta ciudad. Se trata de un submarino moderno, la evolución del antiguo tipo II, con 67 metros de eslora, 6 de manga y 4,7 de calado, 4 tubos lanzatorpedos en proa y uno en popa, con un total de 14 torpedos a bordo; 1 cañón de 88 mm y una ametralladora antiaérea en cubierta completan su armamento. Sus dos motores más que probados y fiables diesel de 6 cilindros y otros dos eléctricos que le permiten una velocidad de casi dieciocho nudos (unos 35 km/h) y una autonomía en superficie de unas 4300 millas náuticas. La tripulación es de 44 hombres, una tripulación de élite que ha sido formada en su manejo durante tres meses, alguno de ellos conoce el submarino hasta el punto de ver cómo han sido ensambladas sus cuadernas, soldadura a soldadura. Algunas voces han objetado la nula experiencia en combate de Manfred, pero el nepotismo aun está muy engrasado en todas las instituciones de la Alemania en guerra. Ya adquirirá experiencia, dijeron los que deciden.

A las seis en punto de la mañana, cuando llega a la dársena cuatro del astillero, todavía encuentra algunos operarios que están ultimando unas soldaduras sobre la cubierta  del flamante U995. Los catorce torpedos ya están cargados y la tripulación en sus puestos, con excepción de los suboficiales, que le están esperando al borde de la escalerilla de embarque. Se presenta a cada uno de ellos con un saludo cordial,  y da las instrucciones para comenzar las operaciones de desatraque, con la eventual salida a alta mar.

Tras una semana de navegación llega al punto marcado donde debe comenzar sus operaciones. En su camarote, junto con su segundo oficial, procede a romper el  sello de lacre del sobre que contiene seis folios con las órdenes: debe dirigirse a un punto cercano a unos 10º latitud oeste y 55º longitud norte y patrullar la zona para interceptar  la llegada de un convoy de suministros que viene de los Estados Unidos, con destino Inglaterra. Debe causar el mayor número de hundimientos de los barcos que aun queden porque en esta operación actuará sólo. El resto de la manada  de lobos están adentrados en el Atlántico, mucho más al oeste, donde darán cuenta del grueso del convoy. En cierto modo, a él le quedarán sólo las migajas, pero tratándose de la primera misión, no puede esperar más. Resultará una buena anotación en su currículo enfrentarse él sólo a un número incierto de buques enemigos, aunque sólo queden mercantes.

Durante el tiempo que dura la travesía, Manfred ha estado conociendo a sus hombres, ha realizado simulacros y ejercicios  de combate para mantenerlos con el ánimo alto y para asegurar que cuando llegue el momento todo esté operativo al cien por cien. Ha estado navegando en superficie siempre que ha podido para llegar cuanto antes al punto de destino. Una vez allí aún tuvieron que esperar otros tres largos días hasta la llegada del convoy.

Cuando por fin, en una noche clara, aparecieron recortadas contra el cielo las negras figuras de la cabeza del convoy ordenó inmersión a profundidad de periscopio y maniobró el submarino para enfrentarlos en una posición ventajosa. Conforme iban definiéndose  las siluetas del resto del convoy observó con preocupación que algo debía de haber ido mal, probablemente la manada no interceptó por algún motivo al convoy. Viene intacto. Ha contado ocho mercantes, tres fragatas y un destructor de escolta. Los cuatro primeros torpedos han conseguido neutralizar una fragata partiendo sus hélices de impulsión, luego otros ocho torpedos fueron lanzados apresuradamente antes de que el destructor enfilase su proa sobre el submarino, e impactaron sobre sendos mercantes, sin llegar a hundirlos. El acoso a que se ha visto sometido por las otras dos fragatas y el destructor le han obligado a sumergirse a gran profundidad, con daños importantes en el casco y sala de máquinas ocasionados por cargas de profundidad. El enfrentamiento ha sido un completo desastre. A duras penas ha conseguido mantener la compostura porque un nerviosismo palpitante y un sudor frío delatan que todo el asunto le ha sobrepasado. Los sonidos del ping en el sonar, las explosiones de las cargas, las fugas de agua, las luces en rojo y un caos general en todo el puente de mando, con órdenes imprecisas y aceleradas. Un verdadero infierno.

El puerto aliado más cercano es La Coruña y hacia allí dirige el submarino, navegando sólo durante la noche. Durante el día permanecen sumergidos para evitar ser localizados. Afortunadamente están muy lejos de las rutas de navegación enemigas. Sin llegar a la rebelión, los hombres han perdido toda la confianza en el comandante, y él lo sabe. Para ser su primera misión, es muy probable que acabe siendo la última.

Entrada la segunda noche de navegación, el operador de radar ha reportado una señal un par de millas al norte, justo delante de la trayectoria del submarino. Parece un buque pesado, con motores lentos y ruidosos, nada que ver con la potencia de un motor de destructor. Casi obligado por sus oficiales ha ordenado profundidad de periscopio y cargar el último torpedo, sólo por ver de qué se trata. A menos de una milla las lentes del periscopio amplifican la ancha popa del barco, se trata de un barco hospital.

La frustración del rapapolvo con que le han humillado, la confianza que le han retirado sus hombres, la rabia de un mal día de caza, como el señorito de los Santos Inocentes que dispara a la milana de Azarías por pura diversión, para resarcirse de la propia mala suerte de no haber podido encarar la carabina  a una pieza en toda la jornada.

La decisión está tomada, este barco repleto de enemigos va a ser la presa que hará salir esa espina clavada en lo más profundo de su amor propio. Para asegurar el lanzamiento ordena un ataque de superficie, no hay ningún otro barco que pueda defender a este caramelito. A sólo 100 metros ordena

— ¡Fuego el uno! —

y una estela nítida avanza tan veloz desde la proa del submarino hasta estallar bajo la línea de flotación del barco hospital. La explosión ha destrozado el casco y unas pocas andanadas más del cañón de 88 mm acaba con la fiesta en unos minutos. Muchos de los embarcados en el barco hospital se han lanzado al agua, con el barco hundiéndose en las frías aguas del Atlántico. Al ver que nadan desesperadamente hacia el submarino ha ordenado la inmersión. No se va a aplicar ningún tipo de piedad esta noche, y los deja abandonados a su suerte. Los hombres, quemados, heridos, agotados, ateridos, van hundiéndose en las frías aguas del Atlántico. No ha quedado ni un sólo superviviente.

Las protestas de la tripulación y de los suboficiales han sido atajadas con la amenaza de un consejo de guerra por rebelión al llegar a puerto. Cada uno ha vuelto a su puesto, mordiéndose el poco orgullo que queda después de hundir un barco sin protección, sin armamento, quizá repleto de hombres enfermos o heridos. Es una infamia que perseguirá a estos hombres curtidos por una guerra que empezó gloriosa e imparable todos los días de su vida.

Las noticias han corrido como la pólvora. Resulta que el barco hospital, antes de hundirse, ha cablegrafiado un mensaje sin encriptar pidiendo socorro, relatando que un submarino alemán se ha acercado a ellos hasta casi poder ver las caras de los hombres que, sobre el puente de mando, contemplaban su hundimiento.

En el puerto de La Coruña, a regañadientes de los responsables militares españoles, se han llevado a cabo unas reparaciones de urgencia, lo mínimo imprescindible para poder volver a su base en Alemania. Pero junto con las reparaciones, unos hombres buzo han adosado un pequeño artefacto calculado para que cuando estén en alta mar una pequeña carga cercana al eje de transmisión de una de las hélices, explote. Es un pequeño sabotaje que da respuesta a ese código ético que los hombres de honor deberían tener impreso en su carácter, especialmente los hombres de mar, forjados en fraguas que no tienen nada que ver con las que se emplean con los hombres normales.

La pequeña explosión ha causado daños menores como estaba previsto, nada importante como para ponerles en peligro, pero lo suficiente como para obligarles a salir a superficie, para estimar los daños.

En esta noche serena, de mar calmada y estrellas brillantes, Manfred ha subido al puente con su sextante y ha tomado algunas lecturas. El ataque del destructor había dañado instrumentos electrónicos de posición y la navegación desde entonces se hace a mano, calculando la latitud con ayuda de las estrellas. Qué ironía, resulta que la avería ha sucedido en un lugar muy cercano al hundimiento del barco hospital.

— Motores de un barco a estribor, capitán — ha susurrado el operador de sonar,  — viene a toda máquina directo hacia nosotros —

— ¿Un barco?, no he visto ni oído ningún barco mientras leía la latitud.—

— Está muy cerca capitán, ¡ ordene la inmersión !—

Manfred Schmitt ha subido de tres en tres las escaleras del puente de mando para ser testigo con sus propios ojos de cómo la proa de un barco hospital se acerca a toda velocidad, a menos de quince metros por estribor.

— No es posible —

Después de partir el submarino en dos y mandar su casco al fondo del mar, Manfred y unos pocos hombres que consiguieron subir al puente luchan por mantenerse a flote  y observan la popa de un barco hospital que habían hundido hace una semana, desvaneciéndose como un fantasma. Hundiéndose lentamente en las aguas heladas, sin fuerzas para seguir en la superficie, Manfred ve cómo cientos de cadáveres acompañan su descenso al fondo del mar, junto a su submarino.

domingo, 15 de septiembre de 2019

el Santo Grial

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El cáliz de Doña Urraca

En el transcurso de una investigación sobre diversos objetos islámicos conservados en el Museo de San Isidoro de León, llama la atención un arca de plata procedente de fuera de nuestras fronteras y que ya había viajado por otros lugares, entre ellos el Museo del Louvre. Se trata de una arca del siglo XI, de procedencia fatimí, de El Cairo, y que era propiedad del visir Sadaqa ibn Yusuf.

Siendo por aquel entonces el Reino de León el reino cristiano más influyente de la península tenía sentido haber encontrado regalos procedentes de Córdoba, Zaragoza o Toledo, ciudades vecinas bajo dominio musulmán, ¿pero de Egipto? ¿Qué había sucedido y cómo relacionar este arca con dos puntos tan lejanos? Siguiendo la pista del arca, se envía un arabista a la universidad de Al-Azhar en El Cairo, para que amplíe la información de primera mano. Allí encuentra dos pergaminos originales ciertamente peculiares.

Primer pergamino. Es un pergamino del s. XIV que cita al rey Fernando I el Magno de León. En él se relata una noticia parcialmente conocida por los medievalistas, que dice que en 1054 hubo una gran hambruna en Egipto. El califa cairota lanza una petición de ayuda a la que sólo responde el emir de la taifa musulmana de Denia enviando barcos cargados de víveres. En agradecimiento se envían a Denia regalos muchos, de los cuales se conservan hoy en día en el museo de Denia.  Hasta aquí la historia conocida. Pero el mismo pergamino añade que el califa ofreció al de Denia cualquier cosa que estuviese en su mano, y el de Denia solicita entonces que le envíen la copa con la que Cristo ofició la Última Cena, que se encontraba en Jerusalén. Hacía poco que el Rey de León Ferdinan al Kabir (el Grande) había atacado Valencia y el emir de Denia buscaba congraciarse con él, por lo que le envió esta copa junto con un mensaje ‘Nadie te puede regalar nada tan valioso como lo que yo te entrego’. Sólo hay un rey llamado Fernando en la dinastía de León, casualmente aquel que construye San Isidoro.

Segundo pergamino. Encontrándose la hija de Saladino, sultán de Egipto y Siria, gravemente enferma y habiendo acudido a los mejores médicos del momento sin encontrar cura para ella, Saladino ordena que se le envíe una esquirla que había saltado por accidente en el viaje de la copa hacia Denia. Mediante la imposición de aquella esquirla, parece ser que la hija se curó de forma milagrosa y Saladino se queda con ella.

Hay una laguna de cuatrocientos años en los que no se sabe nada de ninguna reliquia, las fuentes del conocimiento guardan silencio absoluto sobre el grial. Pero estos dos pergaminos conectan curiosamente otra serie de hechos probados y conocidos en los estudios de los medievalistas a partir del siglo V, y avalados por escritos en crónicas latinas, en crónicas griegas, en fuentes armenias,... , que dicen:

El cáliz de Cristo se custodió y fue venerado en la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén desde el siglo V, en una capilla con nombre propio ‘exedra cum calicem Domine’, se conocen incluso sus dimensiones y que está hecha de ágata-ónice.

El grial desaparece en el siglo XI, precisamente cuando se escriben los pergaminos. Todos los afanes de los cruzados por encontrarlo son un completo fracaso.

Entonces se ordenó desmontar la copa de Doña Urraca y se ve que la falta una esquirla. La investigadora principal de todo este asunto, la medievalista Margarita Torres, no sale de su asombro. Los pormenores de su investigación están descritos en el libro "Los reyes del grial".

La última cena. Basílica de San Isidoro. León

El cenáculo del panteón real de San Isidoro donde se desarrolla la Última Cena está representado como un gran palacio. A la mesa se sientan los comensales que comen, beben y dialogan entre sí con gran ánimo. En el centro se sitúa la amplia figura de Cristo, más grande debido a la idea de jerarquía existente en la pintura románica, acompañado de los apóstoles, cada uno de ellos con nimbo, excepto la figura de la esquina superior izquierda que se identifica como Marcial y es el encargado de escanciar el vino. Las figuras están marcadas por un potente contorno oscuro y en ellas destaca su escasa expresividad, a pesar de intentar el pintor diferenciar los rasgos de cada uno. Sus grandes ojos almendrados parecen mirar a todas partes, sintiéndose el espectador observado por los comensales de la Cena. Todos los comensales alrededor de la mesa sujetan copas blancas de diversas formas, pero Jesús no tiene copa. Es Marcial el Copero, quien está ofreciendo a Jesús una copa llena de vino rojo, la copa es de color oscuro, que podría corresponderse con una copa  de ónice romana. Esta copa hubiese llegado hasta Urraca I de León, hija de Alfonso VI de León y Sancha de León, nieta de Fernando I el Grande.

Las cruzadas

Desde el siglo I al IV a.C se pierde la pista del Grial, en parte por tratarse el Cristianismo de una religión perseguida con la muerte (martirios de Nerón, Calígula y Diocleciano), existe orden de quemar los textos cristianos. Hasta que en el año 313 Constantino I el Grande propicia que la religión cristiana sea tolerada, y la legitima en el Imperio Romano en 325. Es en 395 cuando el emperador de origen español Teodosio impone el cristianismo como religión oficial.

Al volver de las cruzadas en el s. XII, los investigadores cruzados comienzan a atar cabos y reúnen la siguiente información: el cáliz está en España, lo tiene un rey que se llama ‘rey de España’ que tiene un heredero llamado Anfortas, que recibe un lanzazo en la pierna del cual queda cojo, no tiene hijos herederos  su reino se encuentra amenazado, llegan caballeros de toda Europa para convertirse en reyes del grial; este se encuentra bajo el poder de una doncella de León virgen.

Según la historia escrita de León, los reyes leoneses tenían el calificativo de ‘imperator totus hispania’ y ‘ rex hispania’, son exclusivamente estos reyes de León los que ostentan tales calificativos. El primer rey de León tuvo un descendiente llamado Anfortas, cuyo nombre se asocia con el nombre de Alfonso VI de León y efectivamente, Alfonso recibió un lanzazo en su pierna a resultas del cual resultó cojo de por vida. Su único hijo varón murió en combate  y su reino se encontraba amenazado constantemente por los moros. Vienen caballeros de Europa para tratar de casar con su hija Urraca, infanta de León. El infantado es en aquel tiempo es una institución compuesta por mujeres de sangre real que no contraen matrimonio y que actúan como señoras feudales. Por aquella Urraca fue la mujer más poderos.a de su tiempo

¿Y qué decir del hasta hace poco venerado y reconocido grial de Valencia? Pues los datos históricos arriba citados son irrefutables y, como sólo pudo existir un grial, la conclusión es que aquel, el de Valencia, ha de ser falso.

El Santo Grial. La búsqueda de la inmortalidad

La búsqueda frenética de este objeto de poderes extraordinarios se inició en la Edad media y ha sido fuente inagotable de mitos, sagas, leyendas y poemas de caballería. Según aquella leyenda su poder es de tal magnitud, que es capaz de dar vida eterna y conocimiento sin límites, pero sólo aquellos puros de corazón serán capaces de llegar al Santo Grial.

Esta idea tan sugerente, que formaba parte del día a día de las inquietudes de los caballeros medievales, ha llegado hasta nuestros días amplificada gracias a la película Indiana Jones y la última cruzada, dirigida magistralmente por Steven Spielberg pero, lamentablemente , inexacta.

Y es que todo el mundo recuerda cuando Jones llega hasta la caverna donde el anciano cruzado le invita a que escoja sabiamente la copa de Jesús y beba del agua sanadora. El doctor Jones, al tomar la copa de madera supuestamente perteneciente a un carpintero hubiese muerto en el acto, puesto que no era la auténtica. En su última cena, Jesús jamás hubiese brindado con una copa de madera. Siendo la fiesta más importante para los judíos, la vajilla elegida debió ser mucho más lujosa que una simple copa de madera.

El origen de la leyenda

Sabemos por la tradición clásica que el Grial es la copa con la que Jesús celebró la Última Cena, y en la cual José de Arimatea recogió la sangre que manaba del costado de Cristo crucificado. Esta es la versión más aceptada, dada a conocer al gran público cuando Robert de Boron la introdujo en un poema del año 1202 titulado Joseph d’Arimathie.

Es esta una versión que mimetiza el mito del caldero de los pueblos celtas. El caldero de las leyendas celtas es símbolo del dios Dagda, un símbolo de abundancia, del que sale comida inagotable y conocimiento sin fin, pero también es un símbolo de la resurrección, en que los muertos son arrojados al caldero para resucitar al día siguiente.

Más aún, en el siglo V a.C la cornucopia (del latín ‘cornu‘ cuerno, y ‘copia’ abundancia), también conocida como cuerno de la abundancia era un símbolo de prosperidad sin límites. En la mitología griega, la cabra Amaltea crió con su leche a Zeus quien de niño, mientras jugaba con uno de sus rayos, rompió sin querer los cuernos de la cabra. Para compensarla, al cuerno roto se le confirió el poder de conceder a su propietario todo lo que desease.

Como vemos, el mito del Grial tiene raíces mucho más anteriores al cristianismo y nace de la fusión de antiguas leyendas presentes en otras culturas, como la griega, la romana o la celta.

En el poema de caballería Parsifal, que forma parte del mito artúrico, se ofrece una nueva interpretación sobre la naturaleza del Santo Grial, donde se describe como una piedra preciosa muy pura, llamada ‘lapis exillis’ o ‘lapis ex coelis’ piedra caída del cielo, de poderes milagrosos que concede incluso la inmortalidad.

El Mito Artúrico o Leyenda Arturiana es nombre que recibe una serie de textos escritos durante la Edad Media sobre las tradiciones celtas y la historia legendaria de las islas británicas, especialmente aquellas que describen al Rey Arturo y sus Caballeros de la Mesa Redonda.

En el siglo XIII, el Grial se asocia con un libro escrito por el mismo Jesús y que sólo podía ser leído por quien estuviera en gracia de Dios.

La piedra que vino del cielo

El Grial está hecho de un material desconocido, caído de la frente de Lucifer durante la lucha de los ángeles rebeldes. El objeto es perdido y vuelto a recuperar en varias ocasiones, pasando por las manos de Adán, su hijo Seth, Noé, Moisés, y hasta la Verónica que lo recupera para ser usado por Jesús en la Última Cena.

Pero esta piedra caída del cielo es semejante también a la piedra negra que se custodia y se venera en la Ka’ba de la Meca, que según la tradición islámica, Alá la hizo descender del paraíso a la tierra, pasando también por sucesivas manos.

La piedra filosofal

Otra conexión razonable es la de la piedra filosofal, o elixir de la vida, que fue creada por Nicolás Flamel (1330-1418) en Francia. Dicen que Flamel consiguió transmutar un kilo de mercurio y convertirlo primero en plata, y luego en oro.

Es la piedra filosofal un símbolo de la alquimia, capaz de otorgar sabiduría, inmortalidad y riqueza a todo aquél que la poseyera.

El evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "No perdáis la paz. Si creeis en Dios, creéis  también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. Si no fuera así, yo os lo habría dicho, porque ahora voy a prepararos un lugar. Cuando me vaya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde yo esté, estéis también vosotros. Y ya sabéis el camino para llegar al lugar a donde voy".

Entonces Tomás le dijo: "Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?".  Jesús le respondió: "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí".

Evangelio según San Juan, capítulo 14, versículos 1 a 6

sábado, 14 de septiembre de 2019

el sitio de Jerusalén

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En un hospital de campaña en Jerusalén hay muchas literas ocupadas por soldados malheridos. Suspiros, lamentos, gritos de dolor, agonía y muerte todos juntos en esta sala del hospital, pero la atención está centrada en una litera concreta, ocupada por otro soldado malherido. Junto a él están el hermano hospitalario encargado del cuidado de estos hombres y dos hombres de guerra, vestidos con cotas de malla y una sobrevesta tosca de algodón sobre la cual están bordados en pecho y espalda los emblemas de su orden del Temple. El hombre sobre la cama viste con sus mismos símbolos, solo que sus vestiduras están polvorientas y cubiertas de sangre seca. Están discutiendo en presencia del templario herido.

- Venimos a llevarnos a este hombre, tenemos orden de escoltarlo vivo o muerto ante la presencia de nuestro comandante – está explicando uno de ellos, no pongas trabas a nuestras órdenes.

- Este hombre, como podéis ver, hermanos, no está en condiciones de ir con vosotros a ningún sitio, y es posible que acabe con sus huesos aquí mismo. Sus heridas son muy serias.

- Mostradnos sus heridas, graves acusaciones pesan sobre él y tenemos que cerciorarnos de que es en realidad el hombre que buscamos.

El hermano enfermero pertenece a la orden de San Juan del Hospital. Fue fundada unos pocos años antes de la primera cruzada y, siguiendo el ejemplo de la Orden del Temple, se convirtieron en un verdadero ejército al que se encomendó la protección de los peregrinos que se dirigían a los Santos Lugares, así como cuidar a viajeros, pobres y enfermos. Visten una sobrecota oscura con una cruz blanca sobre el pecho. El hermano enfermero está inquieto porque conoce a los dos hombres, son capitanes templarios, obstinados y combativos como pocos. Accede a sus requerimientos a regañadientes y, ayudado por otro monje gira al herido sobre la litera para mostrar tres heridas en su espalda. Son heridas muy feas, producidas por tres saetas sarracenas con punta de arpón que le han desgarrado los músculos en hombros y espalda.

- Es el que buscamos, sin duda. Debes entregarlo. Este hombre debe pagar su infamia, es un cobarde. La orden no puede admitir cobardes en sus filas, la vida de cada hermano depende de los demás.

Si un templario recibía heridas en la espalda, era señal inequívoca de que había sido en retirada o huyendo del campo de batalla, dejando a otros hermanos sin cobertura o defensa. Era un delito muy serio y castigado a menudo con el destierro, la excomunión, o incluso con la vida.

El hermano hospitalario no sabe qué hacer. Las normas de la orden son estrictas y claras en estos casos. Aun así, por propia convicción con sus votos y su modo de vida, rehusa a poner las cosas fáciles a los dos capitanes.

- Debo insistir. Este hombre está herido de muerte y está bajo la protección del Hospital. Sólo lo entregaremos si se repone de sus heridas, o si muere. Y como habéis visto, está más cerca de lo segundo.

Los capitanes no van a salir de allí sin aquel hombre como prisionero, debe quedar clara su autoridad. Cruzándose la mirada toman una determinación, y agarran uno por cada lado los brazos del herido, con intención de incorporarlo.

- Soltad inmediatamente a ese hombre si en algo apreciáis vuestra vida – ruge una voz desde una litera cercana. El hombre que la ocupa también tiene importantes heridas, una venda ensangrentada rodea su cabeza, y otra venda sujeta su brazo en cabestrillo.

- ¿Quién sois vos, caballero, que así habláis a unos hermanos de rango superior de la misma orden?. Debéis respeto y obediencia. No os inmiscuyáis.

- Os debo respeto, pero no os obedezco. Soltad inmediatamente a ese hombre y dejadlo reposar. El sí es un héroe y todos los que aun vivimos en esta habitación defenderemos a este hombre aun a costa de nuestra muerte. Soltadlo he dicho, capitanes, e hincad vuestra rodilla en tierra mientras habléis conmigo, pues soy el comandante de estos hombres y me debéis el respeto y la obediencia que a mí me exigís.

- ¿Qué hace un comandante en una habitación de soldados? – se atreve a cuestionar uno de ellos, ya soltando lentamente al herido sobre la litera.

- Mi destino está unido al de estos hombres. Si este hospital es bueno para ellos también lo es para mí. Y es un gran honor estar aquí con ellos y compartir lo que Dios nuestro señor tenga a bien para con nosotros. Aguardaremos en este hospital hasta que estemos en condiciones de abandonarlo. Las garantías por parte de Saladino de permitirnos embarcar están firmadas.

- ¿Quién os envía y qué queréis? Hablad presto.

- Es el gran Maestre quien nos envía. Este batallón tenía encomendada una orden clara, la de defender un santo objeto. Y han fallado. La reliquia se ha perdido y estamos buscando a los culpables, que por cobardía como la de este hombre han permitido que tal desastre sucediera.

Las cruzadas tuvieron lugar entre los siglos XI y XIII y, más concretamente entre 1096 y 1291. Fueron campañas militares impulsadas por el Papa en cumplimiento de un solemne voto para liberar los lugares santos en Tierra Santa de la dominación musulmana. Fueron sostenidas principalmente contra los musulmanes, aunque también contra herejes, paganos y otros pueblos bálticos bajo edicto de excomunión, que eran enemigos políticos de los papas. Los cruzados tomaban votos y se les concedía indulgencia por los pecados del pasado. El origen de la palabra que les define se atribuye a la cruz de tela usada como insignia en la ropa exterior de los que tomaron parte en esta empresa de reconquista.

Al-Nasir Salah ad-Din Ysuf ibn Ayyub, conocido en nuestra cultura como Saladino, nació en el 1138 en Tikrit, Irak. Sultán de Egipto y Siria y uno de los grandes gobernantes del islam. Unificador político y religioso en Oriente Próximo, líder del ejército musulmán que combatió al ejército cruzado y lo venció en la batalla de Hattin en 1187, tras lo cual ocupó Jerusalén y tomó Tierra Santa. Estos hechos provocaron la Tercera Cruzada liderada por Ricardo I de Inglaterra, más conocido por Ricardo Corazón de León.

El sitio de Jerusalén ocurrió entre el 20 de septiembre al 2 de octubre del año de Nuestro Señor de 1187. La intención de Saladino era tomar la ciudad sin derramamiento de sangre, pero dentro de las murallas se negaron a abandonar su ciudad santa, asegurando que la destruirían en una lucha hasta la muerte. Así fue como comenzó el asedio. En un principio las fuerzas de Saladino se concentraron en la Torre de David y la Puerta de Damasco, hostigadas sus murallas constantemente con flechas por parte de los arqueros, además de máquinas de asedio. Los ataques fueron repelidos una y otra vez durante días. Pero el 26 de septiembre Saladino trasladó su campamento al Monte de los Olivos, donde no había puerta que permitiera un contraataque. Las paredes de la muralla fueron machacadas por catapultas, torre de asedio, fuego griego, ballestas y proyectiles, sin descanso, hasta que fueron destruidas. Aun así Saladino no pudo entrar a pesar de contar con un ejército más numeroso. Hasta que el 2 de octubre fue entregada la ciudad.

- Si estáis buscando a los culpables de la pérdida de nuestra sagrada reliquia vuestra búsqueda acaba aquí. Acabáis de encontrarlos a todos, y los que faltan id a buscarlos al campo de batalla, que es donde están sus cuerpos, probablemente los encontraréis entre las cenizas, porque fueron amontonados por los soldados de Saladino y quemados.

- Explicaros, comandante. Necesitamos saber qué ha sucedido con la reliquia para entregar nuestro informe y dar cumplimiento a nuestro encargo.

- Como ya sabéis, mi responsabilidad y la de mis hombres fue sacar de la ciudad el Santo Grial y ponerlo a salvo en tierra cristiana, lejos de las manos de Saladino y su ejército de infieles. Aprovechamos una de las escaramuzas en la muralla para salir a galope hacia el oeste, habíamos planeado llegar a la costa, tomar un barco y llegar a Trípoli, pero todo se torció. Alguien se percató de nuestro movimiento de escape y dio la orden de concentrar una lluvia de saetas sobre nuestro grupo. En sólo unos minutos la mitad de mis hombres murieron sin defensa posible y estos que veis aquí conseguimos escapar por la gracia de Dios, de aquella muerte cierta. El hombre al que acusáis de traidor cubrió con su escudo y con su propio cuerpo las reliquias, tres flechas atravesaron su espalda. Yo mismo y muchos de mis hombres somos testigos de su comportamiento ejemplar. En el último momento, cuando los sarracenos maniobraban para acabar de barrernos, una contraofensiva de nuestros hermanos guerreros consiguió rechazar a los atacantes y nos ayudaron a entrar de nuevo en la muralla, y a traernos a este hospital. En cuanto estemos en condiciones de viajar, un barco nos llevará a Trípoli.

- Pero ¿y el Santo Grial?, ¿habéis dejado que se lo llevasen los hombres de Saladino?

- Maldito necio. No llevávamos el Santo Grial. No hemos conseguido encontrarlo desde que llegamos en la primera cruzada a Jerusalén. Hemos buscado por todas partes, llevamos años buscándolo, pero no está. Alguien se ha adelantado y no han sido los hombres de Saladino. De ser así no hubiesen atacado nuestra pantomima con tanta saña. Estaban convencidos de que lo teníamos nosotros y atacaron con todas sus armas. Ambos ejércitos seguimos buscándolo con ahínco. Ha desaparecido sin dejar rastro. Pero hay testimonios que apuntan a que el Santo Grial está a buen recaudo en alguno de los reinos cristianos de Hispania. No tenemos otra pista, así que allí es donde dirigimos nuestros esfuerzos, que Dios nos ayude.

jueves, 12 de septiembre de 2019

peon 4 rey

Escucha 'peon cuatro rey' en ivoox

Son las 23 horas y 50 minutos cuando la enfermera Méndez recoge su tablilla e inicia la primera ronda nocturna en el Hospital Universitario de León. En esta noche tranquila hay siete habitaciones ocupadas en la planta de paliativos, pero sólo en la 306 el Sr. Morales espera una muerte inminente, luchando obstinadamente para arrancar unos minutos más a esta vida que se escapa por momentos entre los dedos de sus arrugadas manos. La respiración del Sr. Morales es agitada, su pulso tenue, escurridizo. Los latidos de su corazón apenas producen señal eléctrica para que el monitor cardíaco dibuje una triste raya saltarina en la pantalla. Todos los órganos vitales en el interior del Sr. Morales están fallando estrepitosamente. La enfermera Méndez hace unas anotaciones en la tablilla, en la fila encabezada por la hora escribe 00:00, y continua su ronda. Se siente un poco apenada porque cree que el único familiar del Sr. Morales, su hijo, no va a llegar a tiempo de despedir a su padre. Estaba en Jerusalén cuando lo han localizado y está de viaje de vuelta. Es probable que ninguna persona conocida vaya a estar a su lado cuando llegue el momento más difícil de su vida, nadie va a llorar por él, nadie va a rezar por él. Ojala su hijo pueda llegar a tiempo.

Son las 23:59 cuando la enfermera Méndez cierra cuidadosamente la puerta de la habitación 306. Y es una lástima que no se hubiese retrasado apenas un minuto, porque cuando los relojes digitales de todos los instrumentos marcan las 00:00 aparecen dos personas sentadas a ambos lados de la cama del Sr. Morales. Uno viste un traje color blanco hueso, de buen corte y mejor tela; el otro un túnica oscura, de confección árabe y color azul oscuro casi negro, bordada con hilo de oro formando filigranas con un gusto exquisito y elegante. Hay un tablero de ajedrez sobre la cama, a los pies del enfermo moribundo, con las figuras desplegadas, listas para el combate inminente que se va a desarrollar. Los colores de las figuras se corresponden con los de los dos elegantes jugadores. Se trata de un tablero hecho a mano, de una oscura madera de ébano para los escaques negros, y otra muy clara de sicomoro para los blancos. Muchas horas se usaron para la confección de este tablero, y más aun para el tallado de las ricas figuras, en las que casi pueden distinguirse las grietas en las almenas que rodean el perímetro de las torres, casi pueden verse las abolladuras en los cascos de los peones tras mil batallas, casi puede verse el vapor que produce la respiración de los caballos, casi pueden verse... si te acercas lo suficiente. A la derecha del tablero de ajedrez hay un reloj de arena ricamente manufacturado con las más nobles maderas labradas para el armazón y un bellísimo cristal de cuarzo transparente para la ampolla. Hay un montoncito de fina arena amontonado en la mitad inferior, apenas quedan unos pocos granos en la parte superior, pero han detenido su caída, el tiempo se ha parado mientras dura la partida. No es un reloj para marcar los tiempos en la partida de ajedrez, sino que se trata de una de las herramientas de trabajo de la persona encapuchada que viste de riguroso negro.

Peón cuatro rey es una apertura clásica, avanzas el peón dos casillas y dominas en el primer movimiento la parte central del tablero, desde donde se podrán lanzar ataques muy peligrosos sobre el contrario.

Juegan blancas — P4R — pronuncia el jugador de traje blanco, que juega con las blancas. Siempre juega con las blancas y nadie lo discute, son sus piezas por naturaleza. Y el peón del rey blanco, avanza dos escaques, sin intervención de mano humana, como por propia voluntad, su mano descansa en el pomo de una espada corta, muy similar al gladio hispano.

Juegan negras — P4R — pronuncia el jugador que viste una túnica más negra que la noche, más vieja que el mundo, con una capucha que cae sobre su cabeza ocultando su cara. El peón negro avanza dos escaques y se enfrenta al blanco con una mirada fiera, sujetando un escudo redondo y otra espada corta, de hoja más curvada que la del peón blanco.

—¿De veras es necesario continuar con esto? Míralo, no puedes hacer nada más por él. Dentro de pocos minutos su corazón se parará y yo me lo llevaré conmigo. Podrías mostrar un poco de consideración y dejar que me lo lleve ya. Tengo que segar muchas más almas esta noche y mírame aquí, perdiendo mi valioso tiempo jugando una partida que sabes perdida de antemano... Si, eres un desconsiderado  — dijo la Muerte.

Juegan blancas  — A4A — Alfil cuatro alfil es otro movimiento muy adecuado para poner en juego las figuras de la fila trasera, y promover una amenaza que se extiende a ambos lados del tablero, en diagonal. — Ya hemos discutido este asunto muchas veces, Muerte. Déjame hacer mi trabajo y tu haz el tuyo. Tengo que defender y amparar a este hombre hasta su último aliento. Es lo menos que merece, ha sido un buen hombre. ¿Qué clase de ángel de la guardia sería yo si te lo entrego a la primera de cambio, sin ofrecer combate? Además su hijo tiene que estar a punto de llegar, es de vital importancia —

Hace mucho tiempo había un reino en la India que estaba en guerra con un país vecino. Debido a un error en la estrategia, que llevaba personalmente, su hijo primogénito cayó muerto en combate. El rey se sumió en una terrible depresión abandonándose a sí mismo y a su propio reino. Habiendo resultado infructuosos todos los medios para intentar aliviarlo de su pena y animarlo un poco, un sabio llamado Sisa inventó un juego que emulaba una guerra entre dos ejércitos dispuestos sobre un campo de batalla formado por 64 casillas de colores alternos, dispuesto en 8 filas y 8 columnas, y lo llamó ajedrez. Era tan ingenioso y entretenido que consiguió devolver al rey parte de su alegría por vivir, además de enseñar estrategia militar, astucia, paciencia, coraje y otras muchas virtudes que se adquieren al jugarlo. El rey, agradecido, ofreció al sabio cualquier cosa que desease, fuese lo que fuese. Sisa, de forma inocentemente calculada, planteó al rey su recompensa... 'Me basta, mi rey, que me pagues de la siguiente forma, pido que coloques un grano de trigo en la primera casilla, dos en la segunda, cuatro en la tercera y así consecutivamente hasta la casilla 64, poniendo en cada una el doble que en la anterior.' La codicia de Sisa salió a la luz cuando los matemáticos del rey hicieron los cálculos, llegando a la conclusión que ni sembrando toda la superficie de los reinos conocidos de la tierra, no podría pagar su deuda ni en 1000 cosechas mundiales. Pero el rey supo vengarse sutilmente, sin llegar a romper su promesa y poner en duda su honor, y mandó que para pagar la deuda de la forma más justa, el propio Sisa debería comprobar el pago exacto de la misma, contando personalmente cada uno de los granos de cada casilla, tarea que no hubiese podido cumplir ni contando 24 horas diarias todos los días no solo de su vida, sino los de varias vidas. Es una partida que podríamos decir que acabó en tablas por no poderse satisfacer ni la deuda ni la exigencia de tal comprobación.

Juegan negras — C3AD — Caballo tres alfil dama es una respuesta adecuada, el caballo tiene un movimiento desconcertante, domina un gran espacio a su alrededor y pone en seria amenaza al peón blanco del rey, indefenso en el centro del tablero. — Mira Angel, ya esperé bastante cuando aquel asunto de Sisa. El muy obstinado pretendió llevarse todo el trigo, estuvo contando granos día y noche, sin comer ni beber, hasta que intervine, tan enfrascado estaba en su absurdo empeño que ni se enteró cuando bajó la hoja de mi guadaña y segó su cabeza. — — ¿Y me dices que este moribundo ha sido un hombre bueno? No me hagas reír, mucha gente ha muerto a manos de este hombre, y aun más a manos de su estirpe, de aquellos que se llamaban caballeros. Yo estuve allí, ¿sabes?. En todas y cada una de las guerras que llevaron a oriente los caballeros templarios, yo fui quien segó sus vidas y las de muchos musulmanes. Fue agotador. Y desagradablemente sangriento.—

Juegan blancas — D3A — Dama 3 alfil es un movimiento arriesgado, poner en juego a la dama en fases tan iniciales no hace sino exponerla peligrosamente y perder oportunidades en la apertura. — Este hombre tiene una información muy importante que no puede morir con él, es de vital importancia para el mundo que esa información sea transferida a su único familiar vivo, su hijo. El advenimiento del anticristo desatará el Armageddon y sólo la intervención del Santo Grial puede evitar el fin del mundo. Solo necesita aguantar algunas horas más, hasta que el heredero venga y asuma su pesada carga. —

Juegan negras — C3AR — Caballo tres alfil rey es la respuesta más coherente, a la vez que pone en juego al segundo caballo, lleva una clara amenaza de muerta a la reina blanca, un movimiento maestro. —¿Sabes qué te digo, Angel? La verdad es que estoy cansado, llevo cosechando almas tanto tiempo... no he hecho otra cosa desde toda la eternidad, día y noche,… figuradamente, ya sabes que somos representaciones antropomórficas atemporales para que estos mortales no se vuelvan locos cuando nos ven. Si, estoy cansado. Si gano esta partida el mundo se acaba y yo seré libre, así que... juega tus piezas, es tu turno. —

Juegan blancas — DxP Jaque mate, Muerte. Estás tan obsesionada por acabar que ni te has enterado que te he dado el mate del pastor, la jugada más absurda e inesperada de este juego. Esto nos lleva al tema del Santo Grial, y a los hechos acontecidos hace mil años, cuando el antepasado de este hombre entregó su vida por la reliquia. —

Estando de cacería, el rey de un reino antiguo cuya historia está perdida en el tiempo, se encontró con un pastor que jugaba en solitario al ajedrez, moviendo alternativamente las piezas blancas y las negras. El rey, que era un fanático jugador de ajedrez, le propuso jugar una partida. Aceptó el reto el pastor y en sólo cuatro movimientos le dio mate. El rey comprendió al instante que en todas las partidas que había jugado con sus cortesanos y consejeros, estos se habían dejado vencer para adularle y ganar su favor. Entonces estalló en ira y mandó ejecutar a todos ellos.

— Oh, vaya. Me he despistado divagando con mis problemas — Muerte toca levemente la figura del rey negro, que cae sobre el tablero, a los pies de su dama, rodeado por lo más selecto de su corte. La partida ha concluido.

La enfermera Méndez entra apresuradamente acompañando a un joven de aspecto afligido y cansado tras un largo viaje con varias escalas en aeropuertos y estaciones de tren. Le conduce junto a la cama del moribundo. Ninguno de los dos se percata de la presencia de los jugadores ni del tablero de figuras desparramadas. Esto es debido a que nuestro cerebro aplica el filtro de la ceguera selectiva que nos impide ver las cosas que no entendería nuestra condición humana mortal. Esto nos salva de volvernos locos. El joven se acerca a la cara del moribundo.

— Aquí me tienes padre, estoy preparado para llevar tu carga — El reloj de arena ha reiniciado su cuenta atrás, los pocos granos de arena que quedan en la ampolla superior se deslizan sobre el montoncito que hay debajo. El hombre viejo susurra débilmente unas palabras serenas a oídos del joven, que inclina su cabeza para no perder un sólo dato y, justo cuando el último de los granos de arena atraviesan el estrecho cuello del reloj, la Muerte descarga una pesada guadaña, vieja como el mundo pero de borde tan afilado que arranca destellos en el aire que ioniza en su bajada hacia el cuello del ahora difunto, caballero desconocido.